Mi corazón está herido. Una niebla espesa de dolor y olvido se apodera de él. Por mucho tiempo ha sufrido en silencio, llorando de impotencia. Y hoy, ya no puede más. Sí soy esa, mendigando amor, caminando con el rostro hacia abajo. Sí, mirando los charcos que reflejan el cielo, sin poder mirar las estrellas. Cansada hasta los huesos de tantas noches de llanto.
Queriendo amar y ser amada. Queriendo ser más que objeto, queriendo ser mujer plena y segura y no encontrando más en el camino que decepción y temor.
Dolor profundo y tristeza en el alma.
Recorro las calles de noche, perdiendo el sentido de la claridad, el sentido de la orientación.
Amargada. Derramo mis lágrimas fuertemente, gritando y sangrando desde adentro, hasta que se me acaba el llanto, o la voluntad, que es lo mismo y llega lentamente un vacío insondable luego.
Sí sé, la misma historia de siempre, pero esta es la idiosincracia de nosotras, las mujeres depresivas, las mujeres atrapadas, las mujeres heridas. Es una historia vieja, sé, pero que sería de mí sin estas palabras de desahogo?
Que sería de mi triste alma?
Quizá ya hubiese sucumbido ante la desesperación, pero me aferro a la vida.
Me aferro a estas letras que son mi sentir,
en un inútil intento por salvarme del mundo,
por salvarme de mí misma.
Catarsis dolorosa.
Vida dolorosa.
Alma dolorosa.


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