17 nov 2011

Ahora que estoy en casa, después de más de un año vagando por el continente, una vez más confirmo cuan frágiles son las relaciones humanas, el tiempo que iba a utilizar descansando en mi propia cama, con la tv, la radio y los libros por compañía, lo he pasado rescatando las volátiles relaciones de quienes una suele llamar amigos y amigas. He invertido tiempo y dinero en retomar lo dejado tiempo atrás, sin embargo me he quedado de nuevo con ese vacío que parece perseguirme por donde quiera que vaya.

Nada es lo de antes, los que quedaron acá siguieron con sus vidas monótonas y seguras, los que nos vamos a vagar estamos condenados a perder esos contactos, a no ser parte de las fiestas, de las reuniones sociales, de la vida cotidiana. Los que nos vamos perdemos la rutina, las conversaciones diarias, las bromas de momentos pasados y quedamos en un limbo de desconocimiento.

Quería quedarme en cama y disfrutar de mi nueva hamaca y mi libro de Stephen King, mas he manejado el auto de un lado de la ciudad al otro, en bus por el centro de la capital, caminando para ver a esas personas con las que ya no siento nada en común.

Y hay otras, dentro de las relaciones sociales, que por mi forma de ser voy perdiendo poco a poco. No me duele por que las voy perdiendo, por que es gente con la que en realidad no he creado ese vínculo por el cual gastaría tiempo, dinero, energía y paciencia; me duele por ese temor a la soledad que aún me asalta de vez en cuando. Que usualmente me ataca cuando estoy en casa.

Poco a poco el mundo se me va haciendo más pequeño en lo social y más grande en lo interior. Me vuelvo, sin habérmelo propuesto, hacia adentro, hacia mi misma, quien soy al final lo único que tengo y lo único que tendré.

Siempre le tuve miedo a la soledad, mas parece ser que cada día me acerco más a ella.
A la soledad, a la que siempre le temí, se convierte en mi amiga, en mi aliada, en mi último escape de esta sociedad futil, vana y desesperada.

Buenas noches.

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