Nada es lo de antes, los que quedaron acá siguieron con sus vidas monótonas y seguras, los que nos vamos a vagar estamos condenados a perder esos contactos, a no ser parte de las fiestas, de las reuniones sociales, de la vida cotidiana. Los que nos vamos perdemos la rutina, las conversaciones diarias, las bromas de momentos pasados y quedamos en un limbo de desconocimiento.
Quería quedarme en cama y disfrutar de mi nueva hamaca y mi libro de Stephen King, mas he manejado el auto de un lado de la ciudad al otro, en bus por el centro de la capital, caminando para ver a esas personas con las que ya no siento nada en común.
Y hay otras, dentro de las relaciones sociales, que por mi forma de ser voy perdiendo poco a poco. No me duele por que las voy perdiendo, por que es gente con la que en realidad no he creado ese vínculo por el cual gastaría tiempo, dinero, energía y paciencia; me duele por ese temor a la soledad que aún me asalta de vez en cuando. Que usualmente me ataca cuando estoy en casa.
Poco a poco el mundo se me va haciendo más pequeño en lo social y más grande en lo interior. Me vuelvo, sin habérmelo propuesto, hacia adentro, hacia mi misma, quien soy al final lo único que tengo y lo único que tendré.
Siempre le tuve miedo a la soledad, mas parece ser que cada día me acerco más a ella.
A la soledad, a la que siempre le temí, se convierte en mi amiga, en mi aliada, en mi último escape de esta sociedad futil, vana y desesperada.
Buenas noches.

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