3 sept 2007

SM

El primer día todo estuvo bien. Aunque había dolor en mi cuerpo, era soportable. Aun así, la primera vez que lo intenté sentí miedo. Era un sube y baja de emociones a velocidades impensables. Pero las siguientes veces, la adrenalina sustituyó al temor y vino el placer. Al sentir dolor, al entregarme a esas sensaciones nuevas y extrañas, a entregarme a algo más que iba más allá de mi poder de decisión, eran puras emociones, las lágrimas, el dolor, todo el conjunto alejándome del vacío. Después de la odisea, mi cuerpo me reclama por el maltrato y todo duele, desde la sangre y la piel, hasta los ojos y la mente. El segundo día mi cuerpo ya no era el mismo, había mutado. Ahora era un ser entregado al dolor. Cuerpo cansado y frío y solo. Solo hacerlo de nuevo: un suplicio.Pero el deseo y la necesidad de salvación pudieron más que la sensatez.

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Mis piernas tiemblan. Mi cuerpo se estremece. Me quiero desvanecer. Me caigo. Ya no quiero seguir, no puedo. Me pongo de pie y vuelvo a caer. Si no hago el intento, ahí voy a quedar. Algún día tendré que levantarme, a menos que me quede y me muera. Que mi cuerpo se enfríe poco a poco. Las últimas energías. Me levanto de nuevo, voy saliendo. Voy llegando al final. Veo la salida…

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Para nada me sirvió llegar a la salida, porque cuando estoy ahí vuelvo al punto de partida, a iniciar de nuevo esa aventura sin medida, sin final. Y vuelvo al mismo éxtasis. Esa mezcla de pasión, miedo y dolor. Y ahí quedo. Y nunca termina… Y ahí quedo….

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